La oración, camino de amor (Patmos) (Spanish Edition)

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- Title: La oración, camino de amor (Patmos) (Spanish Edition)
- Author: Jacques Philippe
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- Last Updated on: Thursday, October 1, 2026
Highlights & Notes
Lo que más necesita el mundo de hoy es la oración.
Nuestra tierra está muy enferma, y solo el contacto con el cielo la podrá curar.
Dios está deseoso de revelarse, de manifestar a todos los pobres y pequeños, que eso somos nosotros, su rostro de Padre; para ser nuestra luz, nuestra curación, nuestra felicidad. Tanto más porque vivimos en un mundo difícil.
La oración nos hace amigos de Dios, nos introduce en su intimidad y en la riqueza de su vida, hace que permanezcamos en él y él en nosotros.
Esta llamada a la oración vale para todos, incluidos los laicos. Si estos no rezan, o se contentan con una oración superficial, están en peligro:
El motor de la vida de oración es la fe, en cuanto obediencia confiada a lo que Dios nos propone.
Si se ora en una actitud de humilde sumisión a la palabra de Dios, se tendrá siempre la gracia de perseverar.
Se trata de confiar en Dios y hacer lo que nos pide, sin necesitar otras justificaciones. «¡Haced lo que él os diga!» (Jn 2, 5), dijo María a los sirvientes en las bodas de Caná.
«Quien huye de la oración, huye de todo lo bueno»
La existencia humana no encuentra su completo equilibrio y su belleza más que si tiene a Dios por centro.
Cuando Dios está en el centro, todo encuentra el lugar que le corresponde.
Dar a Dios una prioridad absoluta frente a cualquier otra realidad (trabajo, relaciones humanas, etc.) es la única manera de establecer un orden justo respecto a las cosas, poniendo una sana distancia que permite salvaguardar la libertad interior y la unidad en nuestra vida. De otro modo se cae en la indiferencia, en la negligencia, o por el contrario en el apegamiento y la dispersión en inquietudes inútiles.
Este sentido de la gratuidad está muy amenazado hoy, cuando todo se piensa en términos de rentabilidad, de eficacia, de performance. Eso acaba por ser destructor para la existencia humana.
Orar es pasar gratuitamente tiempo con Dios, por la alegría de estar juntos. Es amar, porque dar uno su tiempo es dar su vida.
La oración nos hace anticipar el Cielo. Nos hace entrever y saborear una felicidad que no es de este mundo, que nada nos la puede ofrecer aquí abajo: la felicidad en Dios a la que estamos destinados, para la que fuimos creados.
«Siempre el Señor descubrió los tesoros de su sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho más los descubre»[9]. ¡Qué diría hoy!
El arte contemporáneo está falto cruelmente de inspiración, produce con frecuencia obras de una penosa fealdad, teniendo el hombre tanta sed de belleza. Solo una renovación de fe y oración podrá permitir a los artistas reencontrar las fuentes de la verdadera creatividad para estar en condiciones de proporcionar al hombre la belleza que tanto necesita, como hicieran un Fra Angélico, un Rembrandt, un Juan Sebastián Bach.
La oración nos permite pasar de nuestras ideas sobre Dios, de nuestras representaciones (siempre falsas o demasiado estrechas) a una experiencia de Dios.
El conocimiento de Dios da también acceso al verdadero conocimiento de sí mismo. El hombre no puede en verdad conocerse más que a la luz de Dios. Todo lo que puede saber de sí mismo a través de medios humanos (experiencia de la vida, psicología, ciencias humanas) no es nada despreciable. Pero eso solo le proporciona un conocimiento limitado y parcial de su ser. No tiene acceso a su identidad profunda más que en la luz de Dios, bajo la mirada que posa sobre él su Padre del Cielo.
El aspecto negativo se refiere a nuestros pecados, nuestra miseria profunda. No se los conoce verdaderamente más que en la luz de Dios. Ante Él, no hay ya mentiras posibles, no hay escapatoria ni justificación, nada de máscaras. Estamos obligados a reconocer quiénes somos, con nuestras heridas, nuestras fragilidades, nuestras incoherencias, nuestros egoísmos, nuestra dureza de corazón, nuestras complicidades secretas con el mal…
«Ciertamente, la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay ante ella criatura invisible, sino que todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuenta» (Hb 4, 12-13).
Reconocer la verdad es necesario; no hay curación sin conocimiento de la enfermedad. Solo la verdad libera.
Soy un ser manchado, tengo urgente necesidad de purificación y conversión. Sin embargo, hay en mí algo absolutamente puro e intacto: el amor que Dios me tiene como mi Creador y Padre, fundamento de mi identidad, de mi condición inalienable de hijo muy amado. Llegar ahí en la fe es precisamente lo que abre y garantiza la posibilidad del camino de conversión y purificación del que no puedo prescindir.
Sin embargo, se ve vacío, insatisfecho, en la duda: ¿Quién soy en verdad? ¿Todo lo que he vivido hasta hoy expresa bien lo que soy?
La experiencia amorosa es tan fascinante porque nos hace entrever esto: un ser adquiere un valor para mí que no tiene ningún otro, y en respuesta yo tengo a sus ojos un valor único.
El amor de Dios es personal y personalizante. Cada uno de nosotros tiene perfecto derecho a decir: ¡Dios me ama como a nadie en el mundo!
Se trata, por supuesto, de una realidad que sigue siendo misteriosa, inaprensible, en gran medida inexpresable. No es algo de lo que nos podamos apropiar, de lo que podamos gloriarnos, se vive en una gran humildad y pobreza. Es objeto de fe y de esperanza más que una posesión de la que servirse en provecho propio. Es, sin embargo, bastante real y segura y nos otorga la libertad y seguridad interiores que necesitamos para afrontar la vida con confianza.
Si no aprendemos a recibir de la mano de Dios estos bienes que nos son tan necesarios, corremos el riesgo de ir a buscarlos en otra parte, y de esperar en vano de las realidades de este mundo (las riquezas materiales, el trabajo, las relaciones…) lo que ellas no nos pueden dar.
Como esperamos demasiado, y no recibimos, nos amargamos, decepcionados, y acabamos aborreciendo terriblemente a los que no han respondido a nuestras expectativas.
Pero es preciso que Dios siga siendo el centro, y que no exijamos de una pobre criatura humana, limitada e imperfecta, que nos procure lo que solo Dios puede darnos.
Cuanto más sea Dios el centro de nuestra vida, y más lo esperemos todo de Él, y solo de Él, más oportunidad habrá para que nuestras relaciones humanas sean justas y equilibradas.
pueden idolatrar muchas cosas sin darnos cuenta: personas, trabajo, la adquisición de un título, el reconocimiento de algunas competencias, el éxito, el amor, el placer… Pueden ser cosas buenas en sí mismas, pero no debemos pedirles más de lo que es legítimo pedirles. La idolatría nos hace perder siempre una parte de nuestra libertad. Los ídolos decepcionan; se acaba con frecuencia por odiar lo que antes se adoraba.
Si encuentro mi felicidad y mi paz en Dios, seré capaz de dar mucho a mi prójimo, y también de aceptarlo tal como es, sin distanciarme de él cuando no responde a mis expectativas. Dios basta.
Nuestro mundo sufre un gran vacío espiritual, y me impresiona ver cómo este vacío interior impulsa a una búsqueda frenética de satisfacciones sensibles.
La búsqueda de sensaciones cada vez más fuertes acaba a menudo por conducir a la violencia.
Cuando falta el sentido, se busca sustituirlo por la sensación. «¡Llene el depósito de sensaciones!», dice un anuncio reciente de automóviles. Pero es una calle sin salida, que no produce más que frustraciones, es decir, autodestrucción y violencia. Mil satisfacciones no hacen una felicidad…
los verdaderos tesoros son interiores, que tenemos dentro de nosotros el Reino y su felicidad.
Si nuestra oración es auténtica, llevará frutos: nos hará más humildes, más mansos, más pacientes, más confiados… Hará brotar poco a poco en nuestra vida todos los «frutos del Espíritu» de los que san Pablo da una lista en la carta a los Gálatas: «Caridad, alegría, paz, longanimidad, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza…»
La caridad es el fruto y el criterio último de toda vida de oración.
Eso me permite estar más tranquilo, más confiado, poner una cierta distancia respecto a los problemas y preocupaciones, dramatizar menos las dificultades que encuentro en la vida…
Y me doy cuenta de que esta paz, este poner a distancia las inquietudes, no es fruto de mis reflexiones o esfuerzos psicológicos, sino que la recibo como un don, una gracia.
A veces, de modo inesperado: tendría todas las razones del mundo para estar inquieto, pero mi corazón recibe una tranquilidad que me doy cuenta que no es cosa mía. La fuente es Otro…».
Lo que nos une a Dios no es la sensibilidad, ni la inteligencia, sino la fe.
Y acordarnos en esos momentos de que lo que importa no es lo que sintamos, sino lo que creemos.
Nuestra cultura moderna empuja a las personas a dejarse gobernar únicamente por la sensibilidad, y eso conduce a muchas formas de inmadurez, es decir, de esclavitud. Cuando la relación con otro, por ejemplo, no se fundamenta más que en el placer que nos procura, se está en el infantilismo puro y simple. La verdadera libertad consiste en amar al otro, me complazca o no; la fidelidad cueste lo que cueste a la oración supone una valiosa educación en este aspecto.
Tiene una función básica en la vida humana y espiritual; la fe no puede prescindir de la razón. Lo que creemos debemos comprenderlo en la medida de lo posible mediante la inteligencia, pues es preciso que la inteligencia pueda apropiarse del contenido de la fe. Ese es el cometido de la teología. Cuanto más comprendamos lo que creemos, más será para nosotros la fe una luz y una fuerza.
Dicho esto, hay que reconocer que la inteligencia tiene también sus límites. Es bueno intentar comprender las verdades que se refieren a Dios, pero también conviene recordar que todo lo que comprendemos de Dios no es Dios… Porque Dios está infinitamente más allá de todo lo que nuestra inteligencia puede percibir o representarse de Él.
Ningún concepto sobre Dios se corresponde verdaderamente con lo que es Dios.
En algunos momentos de la vida cristiana, la inteligencia no puede hacer otra cosa que callarse y confesar su impotencia.
Son momentos difíciles, pues no comprender suscita siempre una dolorosa frustración. Pero es inevitable.
Estas fases de tinieblas en la inteligencia son necesarias para purificarla y afinarla. En efecto, en el ejercicio de la inteligencia, en el deseo de comprender, se mezclan a menudo muchas cosas de las que necesitamos librarnos: la curiosidad, mucho orgullo, pretensiones, voluntad de poder (saber es dominar), así como una búsqueda humana de seguridad (comprender es manejar, controlar…).
Para saberlo todo, tenemos que pasar por un no saber… No hay verdadero crecimiento humano y espiritual sin pasar por momentos en que la inteligencia sea dolorosamente humillada.
Cuando la sensibilidad está embotada o la inteligencia ciega, la fe debe bastarnos para ir adelante. La fe es libre. Sabe alimentarse de lo que percibe la sensibilidad e ilumina la inteligencia, pero sabe también prescindir de ellas.
Una observación importante: en ese paso necesario por las pruebas, no se trata de anular o suprimir la función de la sensibilidad o de la inteligencia en la vida de fe, sino de darles su justo lugar. Las facultades humanas conocen momentos de «crisis» dolorosas en el itinerario espiritual, no para ser destruidas, sino para ser purificadas, afinadas, y que su ejercicio no vuelva a ser un obstáculo para la unión con Dios. Deben pasar por las tinieblas para acostumbrarse a una nueva y más profunda percepción de Dios y de su sabiduría. Ser empobrecidas para ser enriquecidas.
La fe practicada en la oración nos da un conocimiento de Dios que sigue siendo oscuro, misterioso, que sobrepasa todo entendimiento. La fe no satisface todas nuestras curiosidades humanas. Da sentido ciertamente a todo lo que vivimos, pero no responde a todas nuestras preguntas. Sin embargo, de modo paradójico, el conocimiento que nos procura de Dios es más capaz de abrasarnos en amor que un conocimiento claro y distinto desde el punto de vista de la inteligencia.
Orar es un acto de esperanza: es reconocer que tenemos necesidad de Dios, que no podemos salir adelante solos ante los desafíos de la vida, que contamos con Dios más que con nuestros propios recursos y talentos, y esperamos de Él confiadamente lo que necesitamos.
me considero pequeño y pobre ante Dios, pongo en Él mi esperanza, y por tanto lo espero todo de Él con plena confianza. Mi pobreza no es entonces un problema, sino una oportunidad.
La vida espiritual nos conduce necesariamente a una experiencia de pobreza, a veces muy dolorosa, pero que no debemos temer, pues se revela al fin muy beneficiosa.
De hecho, hay que reconocer que mucha gente renuncia a la oración, huyen de la soledad y el silencio, porque temen este inevitable encuentro consigo mismos que parece obligado en la oración.
La oración nos pone inexorablemente ante lo que en verdad somos. Toda persona tiene su lado sombrío, esa parte de sí mismo que le pesa a veces, que le da vergüenza, y es fuente de inquietud y sentimientos de culpa: limitaciones humanas, fragilidad psicológica, heridas afectivas, complicidades con el mal, impotencias, caídas de diversa naturaleza…
Evidentemente no solo la oración nos hace experimentar nuestra miseria, es toda la vida y sus situaciones difíciles las que ponen de relieve nuestras limitaciones, fragilidades, heridas y pecados. Pero la oración intensifica la conciencia de todo eso, y nos obliga a afrontarlo sin escapatoria posible.
aprovechar para aprender a poner solo en Dios toda nuestra confianza y nuestra esperanza, y nunca más en nuestras cualidades y buenas acciones.
Es también aceptar tranquilamente nuestras limitaciones y fragilidades.
. Si queremos subir muy alto, tenemos antes que descender muy bajo.
Abájate y despréciate a ti mismo[30], no de palabra sino en el fondo y de verdad.
No esperes nada de ti, pero espéralo todo de Nuestro Señor Jesucristo
Pues si un alma no está asentada en la verdadera humildad y desprecio de sí misma, es incapaz de recibir los dones de Dios.
Dios se ve obligado a dejarla en sus miserias,
La humildad no se impone, no puede ser más que el fruto de una confrontación dolorosa con nuestras limitaciones y nuestra debilidad, el fruto de un desprendimiento de todas las pretensiones humanas, de todas las reivindicaciones del «ego».
«La humildad no consiste en tener pensamientos humildes, sino en llevar el peso de la verdad,
Incluso en el orden natural, todo amor auténtico es una victoria de la debilidad. Amar no consiste en dominar, en poseer, en imponerse a quien se ama. Amar quiere decir que se acoge sin defensa al otro que viene a nosotros; en contrapartida, se tiene la certeza de ser plenamente acogido sin ser juzgado, ni condenado, ni comparado. No hay ninguna prueba de fuerza entre dos seres que se aman. Hay una especie de entendimiento mutuo interior, gracias al cual no se puede temer ningún peligro que venga del otro.
El hombre no se purifica desde el exterior, sino desde dentro.
Nos cuesta vivir eso, pues no creemos lo bastante en ese amor, nos sentimos con frecuencia indignos de este amor, y estamos más centrados en nosotros mismos que en Él.
Se nos pide recibir, eso es todo.
todas las personas que llevamos en el corazón, e incluso las que, sin que lo sepamos, están ligadas a nosotros por los mil hilos invisibles pero reales
Como he señalado antes, la oración es también una escuela de reconciliación con uno mismo, de aceptación de la propia debilidad. Nos lleva poco a poco a descubrir nuestra verdadera identidad, la gracia de ser hijo de Dios. Hay una manera mala de amarse a sí mismo, hecha de egoísmo, de orgullo, de narcisismo, pero hay una buena y necesaria manera de amarse a sí mismo, de perseguir uno su propio bien, y la oración es una de las fuentes principales del justo amor a uno mismo.
Allí donde Dios está presente, está al mismo tiempo oculto. Ya sea en la naturaleza, en la Eucaristía o en el fondo de nuestra alma, Dios está realmente presente, pero con una presencia que no es accesible por los medios habituales de la percepción humana.
Ninguna observación, ningún psicoanálisis, ningún experimento científico, ningún microscopio o scanner puede detectar en ningún sitio la presencia divina.
Dios está íntimamente presente a toda realidad, nada desea tanto como revelarse, pero es un Dios escondido.
A veces nos gustaría que la presencia de Dios fuese más visible, más convincente, que se pudiese demostrar de manera irrefutable, de modo que los no creyentes quedasen confundidos, pero eso no es posible en esta tierra. No puede ser de otra manera, si no Dios dejaría de ser un Dios mendigo de nuestro amor y respetuoso de nuestra libertad.
Sabiendo separarnos de vez en cuando de todo y de todos para encontrar a Dios en nosotros, estaremos unidos a todo y a todos de la manera más efectiva.
Repitamos para concluir: el verdadero tesoro es interior. Descubrir en nosotros las verdaderas riquezas nos hará más libres respecto a los bienes de la tierra.
¿Qué es lo que permite esta iluminación interior que nos da acceso a la riqueza de la Palabra? Me parece que lo esencial es un verdadero deseo de conversión. Si leemos la Escritura en la oración, con la confianza de que Dios nos escucha allí, y con un sincero deseo de que su Palabra toque nuestro corazón, nos haga ver nuestro pecado, nos conduzca a una verdadera conversión, si estamos decididos a poner en práctica lo que nos diga, entonces la Escritura se iluminará para nosotros. Ese es el principal secreto de la buena exegesis.
Hay demasiada confusión en las mentalidades que nos rodean y en los discursos con que nos golpean los medios, y demasiada debilidad en nosotros, para que podamos prescindir de la fuerza que sacamos de la Biblia.
Si nos quedamos en el plano de los razonamientos y consideraciones humanas, el Tentador acabará siendo más astuto y más fuerte que nosotros. Solo la Palabra de Dios es apta para desarmarlo.
La existencia humana esta hecha de ritmos: el de la respiración, de los días y las noches, de las semanas y de los años…
Cuando el espíritu se expresa mediante el cuerpo, se fortalece.
En el ambiente propio del cristianismo, ser espiritual no significa evadirse o desprenderse del cuerpo, sino por el contrario habitarlo plenamente. El cuerpo nos pone en relación con la realidad que nos rodea, y es nuestro primer medio de comunicación. El cuerpo nos obliga a un sano realismo, esencial para la vida espiritual. Es también una condición para vivir en el presente. El cuerpo tiene sus miserias, su pesantez, sus limitaciones, pero tiene la gran ventaja de estar en lo real, en el instante presente. Permite, por decirlo así, «lastrar» el espíritu, y obligarlo a estar en el presente.
Esto no es fácil de describir con palabras, pero se podría decir lo siguiente: no tengo emociones espirituales intensas, ni tampoco luces particulares que capten mi entendimiento. Sin embargo, tengo cierta inclinación a quedarme tranquilamente y en reposo ante Dios sin hacer gran cosa, pero con una cierta satisfacción de estar en su presencia. La inteligencia y la imaginación divagan un poco a derecha e izquierda como de costumbre, están lejos de quedar fijadas, pero, en lo que se refiere a mi corazón, siento que está poseído por una cierta orientación, una atención amorosa a Dios, bastante general, sin que se trate de un punto en particular (una verdad, un aspecto del misterio cristiano). Atención amorosa y general a Dios, más allá de ideas precisas, imágenes o razonamientos discursivos.
Escritura santa: a veces es más difícil, pero lleva una unción y muestra tesoros mucho más ricos que cualquier obra humana.
La oración está llamada a ser no una actividad entre otras, sino la actividad fundamental de nuestra existencia, el ritmo mismo de nuestra vida profunda, la respiración de nuestro corazón, por decirlo así.
Además de su simplicidad, la ventaja de estas oraciones repetitivas es que pueden llegar a convertirse en una especie de hábito, y suponen un buen recurso para orar en otros momentos de la jornada, fuera del tiempo dedicado a la oración propiamente dicha: en el coche, de paseo, en los ratos de insomnio, en el curso de actividades o trabajos en los que no necesitemos estar completamente absorbidos por la tarea que nos ocupa.
La repetición es aquí el medio para fijar sin esfuerzo la atención de la inteligencia de modo que el corazón quede libre para escuchar y guardar la Palabra de Dios. La inteligencia está ocupada en repetir gestos sobrios y breves fórmulas sabidas de memoria, para hacer disponible la atención profunda del orante, situado así en la paz y la confianza por el silencio de la escucha. La oración de simplicidad contiene una enseñanza discreta y profunda sobre lo que es la inteligencia humana. Es el recuerdo implícito de que la inteligencia humana es, ante todo, una capacidad infinita de acogida, pero que no contiene nada absolutamente en sí misma, en tanto no sea habitada por las palabras o las imágenes que recibe del «exterior», es decir, del mundo y de los demás. Se ve aquí que la prioridad debe darse siempre al escuchar sobre el decir, a la acogida sobre el hacer, a la apertura al don sobre la producción de una tarea. Esta parte fundamental permanente de la inteligencia humana, esta parte de la pasividad y de la dependencia, no solo está atestiguada, sino puesta por obra por el lugar del cuerpo en la oración de simplicidad. Por el hecho mismo, lo que aquí se enseña y se pone en ejercicio, es también la base de la actitud espiritual de la oración cristiana: humildad del corazón en la espera del don de Dios. La participación mínima del cuerpo en la oración de simplicidad, junto a un ejercicio poco gratificante para la inteligencia creadora, contribuye a hacer de esta oración una verdadera escuela de la contemplación. La contemplación es la oración puramente producida por el Espíritu Santo en el orante, es pues la oración que es puramente recibida como un don de Dios.
fe, humilde esperanza, amor sencillo y fiel.
Su oración obtiene la victoria.
— ¿Por qué, Señor, ha de inflamarse tu cólera contra tu pueblo, al que has sacado del país de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué dar pie a que digan los egipcios: «Por malicia los ha sacado para matarlos entre las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra»? Aplaca el furor de tu cólera y renuncia al mal con que amenazas a tu pueblo. Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo diciendo:«Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y toda esta tierra que os he prometido se la daré a vuestra descendencia, para que la posean en herencia para siempre». El Señor renunció al mal que había anunciado hacer contra su pueblo.
«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando»,
Dios nos pide hacer su voluntad para poder también hacer la nuestra, tener la alegría de satisfacernos.
«La obediencia responde a la obediencia. Si alguien obedece a Dios, Dios responde a su petición».
«El buen Dios tendrá que hacer todas mis voluntades en el cielo, porque yo nunca ha hecho mi voluntad en la
«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?»
¿Qué sentido dar a estas faltas de respuesta? No es fácil vivirlas ni comprenderlas, y pienso que quedará siempre una cierta parte de misterio en la sabiduría divina.
Dios no tiene que rendir cuentas al hombre. Paradoja de la vida cristiana: estamos llamados a vivir con Dios una tierna familiaridad que nos vuelve todopoderosos ante su corazón de Padre, pero no se puede entrar en ella más que en un respeto absoluto, y a veces mortificante, de su transcendencia y libertad soberanas.
Nuestras buenas obras no nos confieren ningún «derecho», ni ante Dios ni ante los demás, contrariamente a lo que tenemos tendencia a pensar, de modo más o menos confesado.
La respuesta a la oración no es algo debido, sino un don.
Nada purifica el corazón del hombre como la acción de gracias, para hacerle experimentar esta bienaventuranza: