Paternidad: ahí donde se juntan el cielo y la tierra (Spanish Edition)

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Highlights & Notes

Es necesario meditar sobre nuestra propia muerte. Al hacerlo, nuestra vida adquiere aplomo y sentido de responsabilidad.

Mucho mejor y más real es ofrecer pequeñas incomodidades de la vida cotidiana

Todo su ser está atento y es moldeable, y se moldeará según lo que nosotros, sus padres, les mostremos.

la parte más desagradable de ser padre es tener que corregir a los hijos. Pero a continuación todos agregamos que, a pesar de ello, es una tarea indelegable e indispensable.

Corregir es algo desagradable porque suele ir acompañado de algún enfado por la falta cometida, lo cual –dependiendo del temperamento de cada uno– puede conducir incluso a levantar la voz y, en general, a que el ambiente en el hogar se vuelva tenso. Además, el enfado puede incluir frustración por aquello de “es la enésima vez que te digo que…”. Y más aún, después del enfado y la frustración, surge el sentimiento de culpabilidad cuando creemos que quizás nos pasamos de la línea con nuestro enojo y con el castigo.

A veces me descubro exigiendo que mis hijos actúen con una madurez que no es propia de su edad. Es la impaciencia. Otras veces pretendo que den el resultado esperado (orden, disciplina) sin haber dedicado el tiempo a formar el hábito. Es la pereza de sentarme a dar un pequeño paso tras otro. Otras veces quiero disfrutar de lo mío y de mi tiempo, y exploto contra alguno de mis hijos si no hacen lo que quiero. En el fondo no busco su bien sino mi comodidad. Es el egoísmo que salta por las rendijas más inesperadas.

Al darme cuenta de esas fallas de mi parte, veo que hay campo para crecer interiormente. Por ejemplo en humildad, si me pongo al lado de mis hijos en lugar de pretender que ellos suban escalones que aún no pueden subir. Si tuviera una mayor actitud de servicio, quizás a veces el desorden de la casa se arreglaría con mi ayuda y mi silencio, más que con mis regaños y castigos. Si en lugar de despotricar aplicase el mismo castigo, pero con serenidad, ganaría en mansedumbre. Si en lugar de pensar en mi tiempo y en mis cosas pensara en ponerme a su lado, ganaría en generosidad. Y todo marcharía mejor.

Se trata de ser profundamente masculinos pero reciamente espirituales. Así podremos cuidar de nuestros hijos, infundiendo en ellos serenidad y paciencia; ayudándoles a sobrellevar de manera práctica y hasta sonriente las molestias de la enfermedad.

A mí me ayudaba cuando mi papá me daba explicaciones más o menos científicas de lo que me estaba ocurriendo cuando estaba enfermo. Me atraía saber todo eso, y me daba un horizonte. Por ejemplo, cuando entendí que los virus tienen un ciclo, aprendí a tener más paciencia. Cuando me explicó cómo actúan los antibióticos sobre las bacterias, acepté con menos queja las inyecciones y las tabletas. A eso me refiero con un acercamiento práctico y sereno.

Así que el esposo debe moverse en un doble carril. Por un lado debe esforzarse humanamente por proveer al hogar tanto bienestar material como le sea posible según su capacidad y su contexto; pero lograr la cumbre de la meta en esa vía no significa ni siquiera haber iniciado el otro camino, que es el espiritual.

Por eso digo con insistencia: la empresa vive de lo que no produce, porque vive del capital humano y moral que solo nace y se fortalece en la familia.

Cuando hablo de generosidad me refiero a esa capacidad que debemos ir desarrollando los padres de decirnos a nosotros mismos que no en algunas cosas para decir sí a la atención de nuestros hijos. Con la ayuda de Dios y con esfuerzo personal, esas virtudes harán que superemos el miedo a tener hijos.

Pero el empresario desbarata con su vida todo esquema teórico. No le importa si el camino no existe, porque él lo construye sobre la marcha.

Un padre de familia necesita tanto de la fe humana como de la Fe sobrenatural. La paz interior y el empuje para emprender la tarea surgen del abandono en las manos de Dios. No podemos hacer planes contando solo con los recursos que tenemos en la actualidad. Si así fuera, no llegaríamos a ningún lado ni emprenderíamos nada.

Fe operativa, me dijo aquel sacerdote, es poner en cada proyecto todos los medios humanos como si no existieran los medios sobrenaturales, y todos los medios sobrenaturales como si no existieran los medios humanos.

Así, un padre de familia debe esforzarse por ser competente y eficaz en su profesión u oficio; proponerse ser el mejor en su campo, pero no por vanidad sino para garantizar su sostenimiento económico, entre otros bienes que derivan de ello. Y por otro lado, debe ser un hombre consciente de estar siempre en presencia de Dios y sacar de allí la energía para transformar “cada momento y circunstancia de su vida” en ocasión para elevar su corazón a Dios y pedirle que bendiga su camino.